Este blog nace con la idea de escribir artículos desde la perspectiva de una licenciada en filosofía en paro. Especifico que todos los artículos del blog son artículos de opinión abiertos a debate. En ningún momento intento imponer mi visión particular del mundo a los demás, aunque sean mis opiniones las que aquí expreso.

viernes, 4 de abril de 2014

Opiniones sobre la diferencia de clase social.


Ana dice: “Mañana me voy a un concierto de Tuttufreto del Olmo, ¿te vienes?”. A lo que Jordi responde: “No, no puedo ir, no tengo pasta”. 


A: - Pero chico, ¡si sólo vale 5 euros!

J: - Ya, pero es que necesito ese dinero para otras cosas o directamente no lo tengo.

A: - Ah, vale, vale, como quieras. 
  
Acaba la conversación y Ana piensa que Jordi está poniendo una excusa, “por 5 eurillos de nada, qué rata que es Jordi”. Este anécdota, como muchos otros similares, se ha repetido a lo largo de algunas vidas humanas de manera bastante recurrente. Vidas humanas concretas, que iban mal de pasta, y no momentáneamente, sino de manera habitual. Ahora, con la eufemística “crisis”, la gente entiende los comportamientos de estas personas un poco mejor -y tampoco os creáis que tanto-, antes de la “crisis” el nivel de empatía ante estas situaciones era tan ínfimo como el que le puede tener uno de los All Blacks al césped del campo de Rugby o al equipo contrario.  


Cuando hablo de diferencia entre clases sociales es probable que os estéis imaginando a la Duquesa de Alba como ejemplo, con todos esos títulos y riquezas heredadas y sin pegar un palo al agua en su puta vida. O a cualquier hijo de cualquier actor famoso, al que le ha bastado con hacer unas llamaditas en nombre de su padre, y ¡PLAM!, mágicamente también se ha convertido en actor. El otro día un colega dijo que se sorprendía de que el hijo de Clint Eastwood tocara jazz, pero si lo piensas no es nada raro: hijo de un actor con mucha pasta y contactos, le gusta el jazz, lo llevan a la escuela de jazz de no sé dónde wanchuminu, hablan con Etta James y yo que sé quién más y… Kyle Eastwood ya se puede dedicar al jazz durante toda su vida. Vale, vale, imaginemos que el tío es un puto crack y no le ha hecho falta ir a ninguna escuela hipermegacara, ¿creéis que su status social no le habrá ayudado a relacionarse con personas del círculo jazzístico que le hayan podido ayudar a subir a la fama? Oh, no, espera, ¡ya era famoso desde que nació!


Pero independientemente de todas estas elucubraciones sobre gente de clase alta, ¿sabéis una cosa? La diferencia de clase no sólo se refiere a la existencia de un contraste tan abismal como el que puede haber entre un famoso de Hollywood y un camarero normal. La diferencia de clase no sólo se refiere a los contrastes que puede haber entre un camarero normal del primer mundo y un niño pobre del África subsahariana. En realidad, debemos empezar a aceptar que hay micro-diferencias incluso entre la clase baja de una sociedad y la clase media, y añadir que esas micro-diferencias al nivel del pensamiento, se vuelven macro. Precisamente de eso es de lo que va este escrito, que por otra parte, ni es científico ni pretende tener seriedad alguna, a excepción de relatar las experiencias vitales propias y de las de la gente de mi misma clase social o parecida. 


Hace ya tiempo, estábamos reunidos en clase del Máster del Profesorado de Secundaria, y una persona dijo: “Bueno, pero es que aquí todos somos burgueses de clase media”. Básicamente, el que lo dijo se refería a que todos nosotros habíamos podido acceder a una educación superior y, por supuesto, estábamos mejor que la gente del tercer mundo o que los vagabundos de la calle. Pero veréis, es que esa generalización dista bastante de ser cierta, el que lo dijo probablemente fuera de clase media, pero sé que muchos de los que estábamos allí no nos considerábamos ni burgueses ni de clase media. Si algunos de los que estábamos allí habíamos accedido a una educación superior, principalmente había sido porque el Estado había ofertado becas y ayudas con las que, poco a poco, habíamos pagado esa titulación. Sin esas becas, yo no hubiera podido pagarme una carrera universitaria nunca. Sin esas becas, una de las chicas que había allí, probablemente no hubiera podido ni siquiera salir de su pueblo. Y diréis: “Vale, pero seguro que vuestros padres también os han ayudado a que salgáis adelante…” Sí, claro, y le doy mil gracias a mi madre por todo el esfuerzo que ha hecho por sacarme adelante, pero debéis tener en cuenta que el esfuerzo que hace una madre soltera que se dedica a la hostelería, no es el mismo esfuerzo que aquel que puede hacer un padre que tiene una empresa de transportes y su mujer que es catedrática en sociología. 


Si todos los que estábamos en aquél aula teníamos una titulación superior era, en parte, gracias a un Estado social que había ofertado una serie de ayudas para cubrir esas desigualdades, NO porque todos fuéramos burguesitos. El argumento del Estado de bienestar como formador de ciudadanos pasivos y de las becas como falsa caridad del Estado es un argumento de lo más burgués y neoliberal. Si entendemos por Estado de bienestar un sinónimo de capitalismo, el argumento puede tener su validez. Si entendemos como Estado de bienestar un sinónimo de Estado dador de los derechos básicos, el argumento se usa vilmente para intentar desmontar otro argumento: el de que realmente existan desigualdades sociales. 


Pero estas cosas tan básicas, son muy difíciles de entender para la gente de clase media, no a un nivel intelectual, sino a un nivel psicológico de empatía. Además de esto, una se da cuenta a lo largo de los años de que las diferencias entre clase baja y clase media, además de económicas, a nivel familiar, a nivel social, a nivel educacional, de desarrollo de la personalidad, etc.; también son de pensamiento. Por ejemplo, una persona de clase social baja, comparada con una persona de clase media, tiene muchas menos esperanzas que alguien que posee un colchón económico que le va a salvar las espaldas cuando lo necesite. 


Y volvemos a los ejemplos, con Ana y Jordi:

A: - ¿Que nunca has tenido una PlayStation ni has podido jugar a juegos?

J: - Pues no, es que yo de pequeño no tenía mucho dinero.

A: - ¡Pero si los juegos salían de oferta todos los miércoles por 1 euro!

J: - Ah, no sabía…


Y no lo sabía porque independientemente de que los miércoles esos juegos tuvieran un 99% de descuento, el niño que no tenía dinero ni siquiera gastaba su tiempo en mirarlos. Directamente, aprendes que hay muchas cosas en el mundo a las que no vas a poder acceder y, como sabes que no puedes, dejas de interesarte por ello. Pierdes la esperanza de que las cosas puedan ser de otra manera. 


Más ejemplos:


A: - Es que mi hija se fue a Londres el año pasado de erasmus, estuvo todo el año y aprendió mucho inglés. ¿Por qué no te vas tú también? Ella se fue también a buscar trabajo, ¡eh!

J: - No, si yo no dudo de que tu hija sea trabajadora, simplemente si no sé con total seguridad que me va a salir un trabajo allí, no puedo irme, porque si la cosa sale mal, ¿qué hago?

A: - Ay, chico, pero os vais con beca.

J: - Ya, pero ¿cuánto cobras en la erasmus? ¿400 al mes?

A: - Ay, pues pa’ tus gastos.

J: - Pero es que a mí no me importa no tener dinero para mis gastos, me importa tener dinero para poder SOBREVIVIR allí y sin un colchón económico, NO ME PUEDO IR.

A: - Bueno, bueno, pero los papás te pueden ayudar. Aunque yo no le di un duro a mi hija, ¿eh? Que ella solita se lo montó y organizó todo, todo y todo.


Obviamente, para alguien de clase media debe quedar claro una cosa en la conversación: “Mi hija es súper inteligente y autónoma, y se ha sabido sacar las castañas del fuego por sí sola sin ninguna ayuda, que sepas que es súper trabajadora y que se va sin nada, el esfuerzo es todo suyo, TODO”. Muy bien, querida Ana, pero si la cosa le sale mal a tu hija y no encuentra trabajo, ¿quién la va a ayudar, Anita? Tú. Y la vas a ayudar porque dispones del capital necesario para hacerlo, ¿sabes que hay madres que no pueden, no porque no quieran, sino porque económicamente no pueden? Otra cosa, si tu hija va a buscar curro a Londres y tienes esperanza en que lo vaya a encontrar, tendrá un buen inglés, ¿no? Mejor que el de la media, imagino. Entonces, ¿de dónde salen esas clases de inglés? Y Ana dice: “Ay, chica, qué de excusas, pues si me he tenido que quitar de salir un fin de semana por pagarle las clases de inglés a mi hija, lo he hecho”. Vale, ¿sabes que hay gente que ni siquiera puede salir un fin de semana a cenar y que, aun no haciéndolo, no puede pagar las clases de inglés a sus hijas? 


Pero si incides demasiado en la conversación, la conversación acaba mal, MUY MAL. Ella piensa que estás quitándole mérito a lo que ha hecho su hijita y también piensa que estás poniendo excusas porque en realidad eres mucho menos fuerte que su hijita, que se ha ido ella solita a encontrar un trabajito en Londrenitos. Por otra parte, la actitud de Jordi es la de alguien prudente que no se quiere ir sin asegurarse un trabajo porque le va la VIDA en ello. Lo que para la hija de Ana puede ser una aventura o un trabajo temporal -y lo más importante, ella sabe y es consciente de que es temporal-, para Jordi puede llegar a ser su vida, y ahí aparte de los miedos económicos, se cruzan otro tipo de miedos e inseguridades, que a lo mejor la hija de Ana no tiene. ¿Sabéis lo que pienso yo? Pienso que la hija de Ana lo ha tenido más fácil que Jordi en esta vida, y puede ser que se lo haya currado y que se haya sacado las castañas del fuego ella solita, claro que sí. Pero sigo pensando que, de base, lo ha tenido más fácil. Si eres de clase media probablemente te ofenderás con este último comentario, puedes distinguir si lo eres o no con este sencillo manual de una línea.


Falta de esperanza en un futuro mejor, visión a corto plazo sin plantearse nada más: ¿casarse?, ¿tener hijos?, ¿tener un trabajo digno?, ¿cuál de esas cosas voy a poder elegir hacer?, ¿y si quiero, pero no puedo? Miedos, inseguridades constantes, frustraciones... ¿Os creéis que esos factores psicológicos no influyen a la hora de enfrentarnos a los problemas de la vida? ¡Claro que influyen! ¡Influyen muchísimo! Otro caso que me gusta relatar es el de dos amigas: una de ellas, llamémosla Clara, ha estado toda su vida trabajando y no ha podido estudiar porque ni siquiera se podía comprar los libros de texto. Nunca le pregunté sobre las becas, ni sobre nada más. Simplemente, me dijo que su vida no era fácil y que no había podido estudiar en favor de mantener a su familia económicamente. El caso contrario le pasó a otra amiga, Lucía, que se había pasado toda su vida estudiando gracias a que su madre se había esforzado muchísimo trabajando y gracias a las becas -a ser buena estudiante-, pero ella nunca había podido trabajar porque, después de estudiar, debía quedarse en casa cuidando de sus hermanos pequeños, su abuela y un padre con una enfermedad bastante jodida. Eso mientras su madre trabajaba todo el día. A las dos las han juzgado muchísimas veces en la vida, y la mayoría de la gente, no sabe ni la mitad de lo que han sufrido: “¡eres una vaga por no haber querido estudiar!”, “¡eres una vaga por no haber querido trabajar!” Ay, esa diferencia entre el querer y el poder, qué pocos la comprenden…


Ahora yo pregunto a modo de conclusión, ¿es tan complicado entender todo esto y tener en cuenta que realmente estas diferencias existen? Y existen en cosas por las cuales la gente ni se percata, pero acaban marcando distancias entre los modos de pensar de las personas. No pretendo que éste sea un texto digno de una persona victimista o de un vampiro emocional, y aun así, hay que admitir que a veces las personas de clase social baja se crean ellas mismas sus propios muros que les auto-impiden hacer según qué cosas. Sin ir más lejos, el otro día le pregunté a mi novio que por qué bebía agua del grifo si ahora mismo cobraba unos 1300 euros al mes y esa agua sabía a metal y cloro que tiraba para atrás, me respondió algo así como que siempre había bebido esa agua porque en su casa no habían tenido ni para agua embotellada y que ahora más que el hecho de que se hubiera acostumbrado, le ocurría que tenía algunas barreras psicológicas invisibles que le impedían comprar agua embotellada. Esas barreras psicológicas tienen que ver con el: “no me lo puedo permitir, no puedo alcanzarlo, por tanto ni siquiera me lo planteo”, y es curioso porque pueden permanecer en el pensamiento de la persona sin pasta incluso cuando ésta ya dispone del suficiente capital económico como para sobrevivir, o incluso para vivir bien. 


Sin ir más lejos, yo misma no dejo de quejarme sobre este tema y quizás todo lo que he escrito sobre ello esté cargado de prejuicios infundados y sólo sea una persona débil más incapaz de enfrentarse a este mundo, que para mí resulta tan cruel y despiadado.

4 comentarios:

  1. Y este texto podía haberlo escrito yo. Por cierto, ¡hola! ¡Salgo en el post! xDD

    Yo primero pensaba que estas cosas no importaban. Luego me di cuenta que hay distancias insalvables, que por mucha titulación universitaria y máster que tenga, llevo la "pobreza" en el ADN. Lo pongo entre comillas por respeto a los que son más pobres aún, claro, pero eso no quita que yo sea pobre.

    Y ahora he dado un paso más: ni entre pobres se entiende esto. Pero también pasa a la inversa. Yo cuando veo a gente quejándose de que no tienen para esto, para lo otro, para lo de más allá, y les veo con el super smartphone con tarifa de datos, pues no lo entiendo. Supongo que hay un abismo insalvable de verdad de la buena.

    Por cierto, hoy estoy ñoña, así que lo voy a decir, espero que me perdones: por cosas como esta, por esta sensibilidad y esta valentía te cogí -y te tengo- tanto cariño.

    Ánimo, que yo pienso todo el rato en el último párrafo que pones. Resuena constantemente en mi mente. Pero no puede ser verdad. No puede serlo.

    Un abrazo.

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    1. Casi lloro leyéndolo, con eso os digo todo.

      Empatía 0 XS

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    2. Sí, si aun hay mucho que se puede escribir sobre el tema, eso de gente sin pasta con un Smartphone pasa mucho, del postureo y querer ser igual que la masa para sentirse normal, también se podría hablar.

      Gracias Bea, yo también te tengo mucho cariño y me encanta leer tu blog, me hace sentir menos sola en este mundo. Jack, qué majo eres, jajaja.

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  2. Muy bien, muy bien, MUY BIEN!!! ¿Sabes qué te digo, Elisabeth Garland? Que además de estar de acuerdo en todo lo que dices y darte la enhorabuena por cómo lo dices (me siento muy bien reflejado en tu post), me parece que has omitido un aspecto que me parece destacable: si las diferencias sociales determinan en gran medida lo que somos y nuestro devenir histórico en una sociedad tan egoista y falta de valores como es esta, no es menos cierto que algunas personas tienen un impulso especial, una riqueza humana inmaterial que las acompaña y les hace vivir su origen humilde con dignidad, una dignidad difícil de alcanzar por quienes han tenido la vida más fácil. Tengo la suerte que una de esas personas, la que escribe en este blog, considera mi blog un "blog amigo". Bueno dos, porque Bettie y su blog no se quedan atrás. Ah, y Jack también, que no se enfade, que de tanto leer sus comentarios ya le cuento como de la familia.
    ¡Salud y Megapraxis!

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